viernes, 22 de julio de 2016

Eterna y oscura infancia


(Lilian Neuman)
Unni Lindell
   Unni Lindell (Oslo, 1957) es una autora de primer orden en Noruega. Puede reír con genuina actitud infantil, pero es una autora de suspense (no del todo conocida aquí) con oscuros y tormentosos personajes. Como creadora, aflora su criatura alerta a la imprevista irrupción de lo oscuro. La literatura (desde muy joven) fue el camino de una niña (que se referirá a su padre como a un buen hombre con problemas psiquiátricos), que tempranamente se vio obligada a estar atenta a esa posible irrupcción. Lindell ríe y en algún rincón se adivina el eco de algo macabro.
   La serie de su inspector de Oslo Cato Isasken se conoció en España a partir de La trampa de miel. Le siguieron El ángel oscuro, Muerte blanca y El beso del diablo. Estas historias reflejan una ciudad hermosa y taciturna -el invierno de luces raras y aquel verano en que un loco solitario asesinó a un montón de personas-; el escenario en donde se libra la tortuosa relación que mantiene Cato con su compañera Marian Dalhe.

   Anterior a Lisbet Salander, esta joven adoptada por unos padres ineptos, superdotada, trasgresora, librepensadora e intuitiva es el motor de todo lo que aquí sucede, más allá del procedimiento racional. Dalhe campea en comisaría con su perra boxer (Birka existe, es laperra de la mejor amiga de Lindell), y ella y su animal representan esa fuerza que arrasa y da nervio a esta radiografía de supervivientes de una antigua institución psiquiátrica.

  Poco antes de ser asesinada, una joven periodista se había citado en el Café del Teatro con la hija del psiquiatra de aquel lugar. Tenía en sus manos una importante revelación sobre la muerte de una niña, en aquellos años en que los hijos de los pacientes tenían una suerte de guardería; visitaban a sus padres y jugaban entre ellos, unidos en una forma de hermandad que se pronuncia décadas después.
Café del Teatro, Oslo.

   En el despacho de Lindell abundan las obras de psicología. Y en este último libro entra de lleno en los recovecos de esa institución. En sus antiguos y no tan antiguos métodos. De todo aquello brota el enigma, y el móvil del asesino.

   Cato y Marian serpentean entre medio de esos supervivientes, y así Unni Lidndell afronta un problema sumamente interesante: la frontera moral, o cuándo la locura es atenuante, y hasta qué punto una sociedad (la socialdemocracia en concreto) puede aceptar o tratar con indulgencia lo imperdonable. Y puede permitir -como ha sucedido en su país, Noruega- que cierta clase de enfermos mentales anduviesen sin control por la ciudad (enfermos, entiéndase, peligrosos). La novela es pródiga en reflexiones. Y hay un vibrante crescendo que conduce al lado inaudito de las personas y las cosas. Sólo Lindell se atreve de este modo. Es extraña y encantadora, es cruel e inteligente, se define a sí misma como una mujer que tendría que haber nacido en el Mediterráneo, y por esa extrañeza ante sus compatriotas nórdicos consigue esa mirada que le permite analizar, ser fría, pero salvaje a la vez. O es más simple y ella lo dice así: “Tal vez la infancia era una enfermedad de la que uno no se curaba nunca”

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