martes, 28 de julio de 2015

Raro, inteligente, terrible

(Lilian Neuman) 
  En el año 2000 la editorial Tusquets publicó Todo lo que muere. Charlie Parker era ya, en sus inicios, un gran personaje. El detective que contiene un interior indefinible, difícil, probablemente insoportable. A excepción de Los hombres de la guadaña (protagonizada por sus dos amigos y guardianes, una pareja formada por un ex ladrón y un matón profesional, ambos letales) toda la serie Charlie Parker –que hasta la fecha llega a trece libros en español-  crece en dos zonas imprevisibles: El territorio y el personaje.


  “El paisaje es una extensión de la imaginacióny así quiero tratarlo”, dice Connolly, y esto significa mucho en estos universos que nacieron de la inquietud de un joven periodista irlandés que viajó por Estados Unidos, y que años después acabó volviendo allí, sobre todo a Portland, en Maine, y a otros sitios cercanos adonde viaja dos o tres veces por año para confirmar sus localizaciones. Y para poner en marcha su gran imaginación, sobre la barra de ese bar de Portland que en verdad existe (y donde hoy anuncian las novelas de la serie Parker).
  Tal vez el lector aborde la primera –si es que no ha leído ninguna-, o comience por El camino blanco (una de las mejores, pero todas son notables). O esta misma, que es rotunda y marcha a temeroso ritmo hacia lo peor, y que tiene en el pueblo de Prosperous, en Maine, el personaje más oscuro del libro, además del lobo que merodea y además de Parker mismo. Hablemos de él:
   
  Charlie Parker era policía en Nueva York. Pero “todo lo que moría” en aquella primera novela –y todo lo que lo persigue para llevárselo de la mano, empezando por su gran culpabilidad-, lo llevó a exiliarse en la casa de su difunto abuelo, en Maine. Con el tiempo, y con la intervención de un personaje que aquí también aparece –el rabino Epstein- Parker entenderá su naturaleza y su sino. Connolly cree en Dios (¡Pero nunca lo menciono en mis libros!”).  En cambio habla del Mal. Y este mal tiene nombres: El Viajante, El Coleccionista, Caleb, Cambion…Todos han jugado cartas en un juego sobrenatural con Parker en el medio.
   
  Una vez más, en esta última novela, Connolly es realista y preciso. Y luego abre las compuertas de ese otro territorio que viene de su admiración por Stephen King, o por la estatura moral y sentimental de un tipo llamado Lew Archer (Ross McDonald). Y por oscuras tradiciones, o por escenarios reales como el osario de Sedlec (en la República Checa) –una iglesia construida con huesos humanos- que le permiten urdir la trama de El ángel negro
 Difícil definir esta serie. Gente tan real y cotidiana, tan verosímil. Aquí entre las buenos y retorcidos habitantes de Prosperous sopla una brisa de western, con la llegada anunciada del forastero Charlie Parker envuelto en amenaza. Ese detective que es leyenda y para el que es necesario poner en marcha la maquinaria de muerte. Connolly es uno de los mejores autores testimoniales. Apela a personajes que le parten a uno el alma; ese ex combatiente al que la patria le dio la espalda, -y el papel de los perros en sus historias-, y esa muchacha que quiere huir hacia delante. O el padre que va en su busca. 

  La boca del lobo, si la describe Connolly, es un territorio próximo, nuestro y fascinante. 
 

 El invierno de lobo
John Connolly
Tusquets
Traducción de Carlos Milla Soler
426 páginas
 19,90 €

jueves, 2 de julio de 2015

¡Maten al cocinero!

(Rosa Mora)
  Páginas y páginas en los diarios, en las revistas, en los suplementos, en programas y concursos de televisión, en la radio, en Internet, gastrofiestas (“una colisión creativa entre comida, música y arte”)… Todo para el mayor placer de gourmets, gastrónomos y foodies, una industria, un negocio potente y publicitado gratis la mayoría de las veces… y otras, un hartazgo. Por eso no está mal que de vez en cuando asesinen literariamente, solo en la ficción -seamos políticamente correctos-, a un gastrónomo o a un cocinero.
  En Un cadáver entre plato y plato, de Tom Hillenbrand, un crítico gastronómico de la guía Michelin muere entre el primer y el segundo plato en un restaurante de Luxemburgo. En Demasiados cocineros, de Rex Stout, el asesinado es un chef, acuchillado por la espalda, mientras sus colegas participaban en un concurso para averiguar los nueve condimentos de una salsa. La primera fue publicada originalmente en 2011 (2013, en España) y la segunda apareció en Estados Unidos en 1938 y recuperada aquí este año por Navona. O sea que el frenesí culinario no es un fenómeno nuevo.
  Nero Wolfe, el exquisito detective privado creado por Stout en 1934, apasionado de la buena mesa y del cultivo de las orquídeas, es el encargado de resolver el asesinato del cocinero. El escenario es sencillo y la trama aún más. Reputados chefs de medio mundo celebran una convención en un lujoso balneario en Filadelfia.     
  Wolfe es el invitado de honor para dar una conferencia sobre la contribución norteamericana a la haute cuisine. En esa época Francia y el francés mandaban en la cocina internacional y todos adoraban a Brillat-Savarin

Rex Stout. Fotografía de Wikipedia
  El paquidérmico detective sólo acepta descubrir al asesino a cambio de la secretísima receta de la saucisse minuit.
  Para los académicos especialistas en géneros, subgéneros y subsubgéneros, Nero Wolfe puede inscribirse en la corriente Armchair Detective, investigadores que trabajan a distancia. No acuden al escenario del crimen, ni interrogan a los testigos ni se matan buscando pistas y pruebas. Tienen quien lo haga por ellos. En este caso, Archie Goodwin,  secretario, guardaespaldas, taquígrafo y lo que haga falta, y el tosco huelebraguetas Saul Panzer.
   Goodwin es, además, el narrador de las historias de su patrón. En esto, Rex Stout (1886, Indiana-Connecticut, 1975) se inspiró, como tantos otros autores (Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, por ejemplo), en el number one, Edgar Allan Poe. Este autor imprescindible y polifacético escribió el que es considerado el primer relato de detectives, Los crímenes de la calle Morgue (1841). Su criatura, Auguste Dupin, investigador por afición, tiene un amigo que narra sus peripecias y con el que vive en un destartalado edificio del parisino Faubourg Saint-German. De ahí salieron el Watson de Sherlock Holmes o el capitán Hastings de Poirot.
  Puestos a clasificar, me gustaría meter a Wolfe en un grupo de detectives divinos, que no maestros. Son diletantes, ricos, esnobs, cosmopolitas y, en general, se dedican a la investigación criminal por placer. El neoyorquino Ellery Queen, que disfruta de la herencia de su difunta madre, lleva quevedos y usa bastón y a menudo echa una mano a su padre, el inspector Queen.  El también norteamericano Philo Vance, coleccionista de arte, cosmopolita. Vive como un rey gracias a la herencia de una tía. Se distingue por llevar monóculo y es prepotente y despectivo (con quien puede).
  Lo de Thomas Linley, conde de Asherton, es pura vocación, siempre quiso trabajar en Scotland Yard aunque algunos de sus colegas recelan de sus orígenes aristocráticos. Ha estudiado en Eton y Oxford, es muy educado y amable y de vez en cuando padece de mal de amores. Lord Peter Wimsey, segundo hijo del vigésimoquinto duque de Denver, es un dandy de la alta sociedad británica, héroe de guerra (de la primera mundial), ha sufrido mucho y le interesa la cosa criminal de forma amateur.
  Todos son divinos ¿verdad? Las novelas protagonizadas por Wimsey  (Dorothy L. Sayers) son las mejores y más literarias; permanecerán aunque las modas y costumbres cambien. Las de los otros personajes son historias de detectives. Demasiados cocineros es entretenida y cuenta bien un pequeño mundo de amistades, competencia, celos, envidia y mucha comida y bebida. Es divertido ver cómo se las gasta esa panda de maîtres y chefs. El cocinero asesinado no da ninguna pena porque es malo. No sólo roba ideas y recetas de sus colegas, también les birla alguna de sus mujeres.


Demasiados cocineros
Rex Stout
Traducción de José Luis Piquero
Navona
280 páginas. 13.50 euros