martes, 8 de abril de 2014

La pesadilla del apartheid

(Rosa Mora)

“Prepárate para responder a la pregunta del millón”, le dice Kramer a Zondi.

“¿Cuál es?

“Dime: cuando Dios hizo a los cafres ¿les dio alma?”

“¿Quiere decir como al hombre blanco?”

“Por supuesto”

“Dios no haría algo tan horrible, teniente”.

James McClure

 Diálogo entre el teniente Tromp Kramer (blanco afrikáner) y el sargento Mickey Zondi (negro zulú) en la página 340 de La canción del perro, del escritor sudafricano James McClure (Johannesburgo, 1939-Oxford, Inglaterra, 2006). 

  Esta novela es la octava y última del ciclo de ocho dedicado a esta pareja de policías del pueblo imaginario de Trekkersburgo (Sudáfrica), inspirado en Pietermaritzburg, donde creció el escritor.  Es también la precuela, en la que ambos se conocen durante la investigación del asesinato de un hombre y una mujer blancos.

El Diccionario de la Real Academia da tres acepciones de la palabra cafre: 1-Habitante de la antigua colonia británica de Cafrería. 2-Bárbaro y cruel. 3-Zafio y rústico.

Cuando lees esta palabra, frecuente, en las novelas de McClure te da un vuelco el corazón, pero refleja exactamente la Sudáfrica del apartheid y cómo ha trascendida su nefasta política. Tampoco debemos engañarnos por el aparente racismo de Kramer. El teniente sabe reconocer la enorme valía de Zondi, un tipo que se educó en una misión de monjas blancas que le enseñaron que todos los hombres son iguales. Habla tres idiomas. Kramer y Zondi  son buenos amigos y se han salvado la vida mutuamente en diversas ocasiones, aunque de cara a la galería se comportan como amo y criado.

McClure es un narrador potente. Describe lo que supuso el apartheid a través de la acción y de los diálogos, sin gota de moralina, con ironía y humor. “Mantener a los negros confinados en áreas de reserva bien delimitadas y que no anduvieran por el país como si fueran sus dueños”, afirma en La canción del perro.  Retrata la horrible pirámide: en la cumbre de una sociedad enferma están los blancos de origen británico, en general, ricos; después los afrikáners, antiguos colonos de origen holandés, y en la base y sin derechos de ningún tipo los negros, los mestizos y otras etnias.

En El cazador sordo, un blanco católico, modélico, de misa diaria, aparentemente abstemio pero que bebe a escondidas, es asesinado. Lo más normal, opinan los jefes de la policía, es que haya sido el criado, un cafre, aunque también se apunta a un subversivo  que pasaba secretos a un sacerdote izquierdista. Para mejor maniobrar, los jefes separan a Kramer y Zondi y ambos las pasan canutas.

McClure explica en esta novela el estremecedor desahucio de un “punto negro”  destruido para asentar a la población en una miserable reserva. Marginación, ignorancia, falta de educación, pobreza… para que solo una minoría del 21% de blancos controle el poder político y económico.



Piel de serpiente, que acaba de publicarse, atrapa desde la primera página: una atractiva bailarina de striptease que juega morbosamente con una serpiente pitón muere de forma inesperada: ¿Accidente o asesinato? Al mismo tiempo Kramer y Zondi investigan una serie de robos con asesinato en un barrio negro de Trekkersburgo.
 Mucha acción, logradas tramas, diálogos ágiles y mucho ritmo son algunas de sus mejores características. McClure utiliza el género negro como crítica social del país que amó, que no le gustaba cómo funcionaba y del que acabó exiliándose. 
Malla Nunn
 Si las novelas de McClure están ambientadas en la Sudáfrica de los años setenta, las de Malla Nunn, nacida en Suazilandia, transcurren en los años cincuenta, cuando el Partido Nacional (afrikáner) instauró las leyes de segregación (1948), que estipulaban dónde podían vivir negros y mestizos, dónde y en qué podían trabajar, que prohibían las relaciones sexuales entre razas… El marco que describe es desolador. Repite la fórmula de McClure: un policía blanco y un ayudante negro.
En Un hermoso lugar para morir, un comisario de policía blanco es asesinado en un pequeño pueblo de granjeros afrikáners cerca de la frontera con Mozambique. Emmanuel Cooper, un oficial de la policía judicial de Johannesburgo, es enviado para averiguar qué ha sucedido, pero se topa con el todopoderoso Departamento de Seguridad del Estado, que quiere a toda costa que sea un crimen político, convencido de que se va a iniciar una campaña de desobediencia civil. Cooper cuenta con la única ayuda del agente Shabalala, medio zulú medio shangaan, y de un médico huido de la Alemania nazi.
  Es un retrato de la hipocresía de los muy católicos afrikáners que, cuando conviene, se convierten en fuerzas paramilitares. Hay caminos reservados exclusivamente para negros y mestizos, pero que algunos afrikáners no dudan en frecuentar. Nunn conoce el tema. Asistió a una escuela solo para mestizos. Emigró con su familia a Australia en los años setenta. En Benditos sean los muertos, Cooper y Shabalala investigan la muerte de Amahle, una bella zulú de 17 años, hija del jefe tribal de un kraal (poblado). La chica trabajaba en una enorme granja de blancos. Su muerte desvela que Amalhe dividía su vida entre la comunidad negra y la blanca. Coopoer se sumerge en la vida de la comunidad blanca y en su mundo tribal. En esa investigación se ponen de relieve toda la miseria y crueldad del apartheid.


Deon Meyer, Caryl Férey y Roger Smith sitúan sus historias en los
Deon Meyer
años posapartheid y posMandela. Sus respectivas novelas son muy diferentes, pero tienen rasgos comunes: Nelson Mandela fue un presidente honesto que luchó por la reconciliación, pero los políticos que lo sucedieron no lo fueron tanto, “como todos los políticos”, dice Smith. Algunos de los males del apartheid no han podido ser erradicados. Campea una nueva corrupción y es palpable falta de seguridad. El sida y la droga hacen estragos. Se mantienen algunas de las peores antiguas tradiciones.
  Deon Meyer (Pearl, Sudáfrica, 1958) escribe novelas de mucha acción y de argumentos variados, siempre con un trasfondo político y social. En Safari sangiento, que transcurre siete años después del principio del fin del apartheid, Emma Le Roux contrata al guardaespaldas Lemmer para que encuentre a su hermano desaparecido en 1986. Será un camino terrible, lleno de violencia y muerte. El ecoterrorismo, las diversas tribus que reclaman sus antiguas tierras, racismo, progreso, odio, pobreza y codicia. No hay dinero, no hay trabajo, no hay tierras para los más desfavorecidos y una ominosa sombra del pasado que alcanza al presente: un atentado político, en 1986, el mismo año en que desapareció Jacobus, el hermano de Emma Le Roux, basado en un hecho real.
Lemmer es un tipo duro, que ha tenido todo tipo de problemas desde que era niño, al que le cuesta controlar su ira, que ha estado en la cárcel, pero que cuenta no sólo con el apoyo de su fantástica jefa, Jeanette Louw, sino también con la admiración de Emma.
Carel Férey
Carel Férey (Caen, 1967) es francés y tiene una estupenda novela, Zulú, que obtuvo en Francia el Gran Premio de Literatura Policiaca. Zulú está ambientada en Ciudad del Cabo, en un barrio de casa bajas y chabolas de su periferia, cuando falta poco para el Mundial de Fútbol de 2010. Ali Neuman, un zulú que vio cómo mataban a su padre y a su hermano y a al que agredieron salvajemente, es ahora el jefe de la policía criminal de Ciudad del Cabo. El asesinato de dos jóvenes blancas, una hija de un conocido jugador de rugby y la otra, de un popular artista, desata las iras del averno. Ambas han tomado una droga desconocida. Entre la población blanca acomodada, cuenta Férey, el miedo al negro había cedido paso al miedo a la delincuencia.
El crimen organizado y la droga y son el pan de cada día, las muertes violentas no tienen número y los más afectados son los chicos negros de la calle. Buena parte del mal viene de algunos tipos corruptos del apartheid que lograron irse de rositas.
Roger Smith
Diablo de polvo, del sudafricano Roger Smith, rezuma sangre, violencia y crueldad. Smith salta del presente al pasado y al revés. En su novela desfilan diversos personajes, prototipos, que  convergen en una pequeña aldea zulú. El induna (jefe) Inja Mazibuko, ahora adscrito a la Unidad de Investigaciones Especiales, amigo del ministro del Interior, zulú como él. Ambos trapichean con blancos corruptos.  Disaster Zondi, compañero y amigo de Inja en los años ochenta, cuando ambos eran fieles seguidores de Mandela.  Robert Dell, destrozado por el asesinato de su mujer e hijos. Su padre, el tejano Bobby Goodbread, mercenario, de extrema derecha, que alardea de haber metido en la cárcel a Mandela y que impulsa a su hijo a vengarse por la muerte de los suyos. La pequeña aldea es un punto de no retorno para todos ellos. La corrupción, el sida y algunos ritos estremecedores juegan un importante papel.
Hay que añadir a esta historia tremenda de Sudáfrica una excelente novela, La leona blanca, del sueco Henning Mankell. Una corredora de fincas es asesinada en una apartada casa de Ystad (Escania). A partir de aquí se desarrolla una doble trama situada en Suecia y en Sudáfrica. Defensores del apartheid preparan un atentado contra Mandela en el momento de la transición hacia el fin del régimen racista. En la novela de Mankell, el atentado se gesta en Suecia. Kurt Wallander, que sufre una profunda depresión y se salta a la torera todas las reglas de la policía, lo evita in extremis.
De la lectura de todas esas novelas surge la necesidad de aprender más sobre Sudáfrica, ese hermoso país en el que tantos han sufrido lo indecible.

La canción del perro, El cazador sordo, Piel de serpiente. James McClure.  Traducción de Susana Carral. Reino de Cordelia. Un hermoso lugar para morir, Benditos sean los muertos. Malla Nunn. Traducción de Clara Ministral. Siruela y de María Corniero. Safari sangriento. Deon Meyer. Traducción de Alerto Coscarelli. RBA. Zulú Caryl Férey.Traducción de Isabel González-Gallarza. Maeva. Diablos de polvo. Roger Smith. Traducción de Óscar Palmer Yáñez. Es Pop. La leona blanca Henning Mankell. Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets