lunes, 18 de noviembre de 2013

El hombre que amaba la soledad

Leif GW Persson
 (Lilian Neuman)

   Cerca del final de este elogio de la perseverancia, Leif GW Persson -a través de su protagonista- cita a Friedrich Dürrenmatt. Así ratifica el magisterio que -todavía hoy- ejerce el autor suizo fallecido en 1990. De perseverancia y de reconocimiento de un sentido, aún ante la muerte (y precisamente porque existe la muerte, para darle un portazo en la cara, puesto que hay asuntos más importantes que atender), hablan estos señores.

    De Leif GW Persson (Estocolmo, 1945) hay mucho por decir (de Dürrenmatt, que su reflexión sobre el asunto criminal sigue sonando a definitiva). Criminólogo, profesor e investigador, hombre mordaz, es homenajeado por Stieg Larsson en el primer volumen de "Millennium". El guiño a un escritor respetado en su país, agudo analista y solvente narrador. A saber por qué su trilogía "El declive del estado del bienestar" no ha tenido aquí la resonancia que merece. En la primera entrega, hasta el título es bueno: Entre la promesa del verano y el frío del invierno. Allí, el policía Lars Martin Johansson es destinatario de un mensaje suicida, o tal vez emitido en oscuras circunstancias Es el principio de una madeja de política local e internacional. Y como punto de fuga el asesinato del primer ministro Olof Palme.

   Han pasado muchos años, aquel magnicidio sigue siendo un caso no resuelto (con ficción y reflexión que se acumula atravesando décadas), y aquí está Johnansson otra vez. Es el hombre que amaba la soledad ("requisito necesario y decisivo para que pudiese funcionar"), obstinado como el primer día de su carrera (y con la suerte de una esposa que lo quiere de verdad). Se parece, sin dudarlo, al comisario Bärlach, de Durrenmatt, que insiste y persiste (con genialidad) en El juez y su verdugo. Y que olvida su enfermedad mortal para seguir indagando en La sospecha. Lo mismo, con sus peculiaridades, que hará el jubilado de genio Johansson: a la muerte, sólo dedicarle una fugaz y despectiva mirada.

   Los hechos

  Lars Johansson es un tipo mayor que debería hacer ejercicio. Un día pasa con su coche cerca del "mejor puesto de salchichas de toda Suecia". Acaba de tener una charla con ex compañeros (que lo admiran y respetan), y al poco rato está a punto de dar el primer mordisco de su baguette rellena con salchicha y ensalada de col. Al momento, siente un pinchazo en la cabeza. Cuando despierte en el hospital, le dirán que ha sufrido una embolia.  

  Desde este momento la recuperación de Johansson -difícil, tortuosa- va por dos caminos que no parecen armonizar muy bien. O la salud o la vida de verdad. Para Johansson, la vida de verdad es una buena taza de café, una copa de buen vino, por ejemplo. Al mismo tiempo está la lenta recuperación, el riesgo de recaer, la comida sin grasas, la tenacidad de su fisioterapeuta y el amor de su esposa. Y por suerte, está también su doctora, que le regala lo mejor que se le puede regalar a Johansson: un crimen no resuelto.

 Como el inspector Morse en la cama del hospital, así Johansson se entrega a la lectura de antiguos expedientes a la vez que mueve hilos e influencias. El crimen, según una nueva ley en Suecia, ha preescrito, pero la violación y muerte de una niña de nueve años no prescribe para nadie (y ahí está el investigador obsesionado de La promesa, de Dürrenmatt), aunque de aquello hayan pasado veinticinco años.

   El elogio de este elogio a la perseverancia comienza por ese refinado proceso en el que el ojo de Johansson ve lo que nadie vio. En su modo de indagar, y en los pasos, incomprensibles al principio, que va dando para llegar a una verdad que a otros se le resiste. Y luego está su oficio (sabe con toda certeza quién le está mintiendo durante el interrogatorio), y al fin los personajes que le rodean, sobre todo su viejo amigo y compañero. Y algo más, que está en los diálogos y los pensamientos, en la conciencia de un tipo peculiar que hace muchos años, en aquella primera investigación en la que se vio envuelto en algo mucho más grande que una muerte, se encontró con estas frases que lo estremecieron y, posiblemente, lo marcaron para siempre:

  "He vivido la vida entre la promesa del verano y el frío del invierno. Cuando era más joven pensaba que al llegar el verano me enamoraría de alguien que me gustaría mucho y entonces empezaría a vivir de verdad. Pero cuando terminé con todo lo que estaba obligado a hacer, el verano ya había pasado y sólo restaba el frío del invierno. Eso no era la vida que yo había imaginado"



"El detective moribundo"
Leif GW Persson
Grijalbo
Traducción de Francisco Jiménez Pozuelo
462 páginas
20,90 Euros


Una estrella extraña


Unni Lindell

(Lilian Neuman)
    En las novelas de la noruega Unni Lindell hay una temible forma de silencio. Se siente, se experimenta como una fuerza subterránea, bajo la línea de flotación de una escritura discreta, incluso neutra. Durante el primer tramo de esta lectura el lector tal vez se sienta algo dejado de la mano de Dios, o directamente se pregunte qué se trae entre manos esta mujer.
   Puede tratarse del silencio en una elegante (y sórdida, rica y violenta) familia de clase alta, en un selecto barrio de Oslo (la anterior y muy buena Muerte blanca), puede ser el silencio en ese bosque en donde aparecerá, como en este libro, el cadáver de una rubia bonita, algo vulgar y (muy) fatal. Entonces, si se mira atrás, se advierte que Lindell ha planteado un mundo parco y con perfiles monstruosos.
 Se habla de la novela negra nórdica, de sus señas particulares, de las diferencias con las de autores mediterráneos. Hay algo que decir en este caso, y es que la noruega Unni Lindell afirma que ella se siente mediterránea (y esto lo dice mientras mira por el cristal de su ventana en su elegante estudio en el centro de Oslo, el frío y gris paisaje del otro lado). Más bien diría que no deja de sentir estupor ante su propia y nórdica condición. Por ejemplo, a ella también le perturba el sordo bullir de esta olla a presión que ella misma ha creado, y que comienza a destaparse una tarde trivial, cualquiera, en una pequeña tintorería. El jefe no está, las dos empleadas descorchan una botella de vino y una de ellas, la más joven, se despacha sobre su vida sexual-sentimental. La otra -una mujer envejecida y cargada de horrores secretos- vuelve a su casa atribulada.
 Todo esto, como en los pueblos encantadores de Hampshire (Gran Bretaña) de Elizabeth George, ha sucedido antes de las cinco de la tarde. Es decir, la persiana de ese y tantos negocios se ha cerrado a esa hora, y el silencio, la absoluta privacidad, comienza a crecer y multiplicarse. Quedan muchas horas por delante. Lo notable es que todo esto, en realidad, está sucediendo en verano (pero al recordarlo no es difícil teñirlo de gris, y de oscuridad de noche  helada; lo mismo puede pasar con más de una historia de Karin Fossum).
   En este mundo sordo, de persianas bajas y puertas cerradas (y un viejo que espía con prismáticos), habitan dos adolescentes que son como hermanos. Uno de ellos levanta la vista del ordenador para ver por la ventana la llegada de su hermosa y desafiante madre que regresa de la tintorería. Un hombre -uno de tantos- la persigue. El chico prefiere cerrar los ojos, derrotado.
 Lindell vivió una infancia en permanente alerta  -su padre sufría un trastorno mental-, y esta clase de silencioso sufrimiento, afirma ella, le obligó a ver y percibir de una forma que bien sabe expresar en esta serie de novelas en donde siempre hay un hijo que sufre.
  Y una niña que para siempre sufre. En verdad, son dos los personajes fundamentales, la pareja investigadora que, a estas alturas, por antagónicos y opuestos, son cada uno parte consustancial de la otra. Un día, Lindell decidió que su protagonista desde hacía muchos años, el investigador Cato Isatsken, compartiera espacio con una chica nueva. Y esta chica se ha ido ganando un lugar, pero a fuerza de golpes, contratiempos, trasgresiones, amenazas de despido y momentos francamente asociales. A días de hoy, con la cuarta entrega de la serie con Marian Dahle y Cato compartiendo (y batallando) espacio, estas dos personas han conseguido pulir unas cuantas asperezas. No obstante, ella sigue siendo tan problemática como brillante. De difícil historia -adoptada por una mujer que resultó un infierno de madre-, la extraña estrella de Marian  -y de su inseparable perra Birka, una boxer que existe en la realidad (el perro de una gran amiga de Lindell) y que forma parte del elenco de la versión televisiva de estos libros- brilla en ese mismo paisaje de silencio. Es un cebo, un interrogante y la llave maestra de la muy inteligente trama.

 
Birka
"El beso del diablo"
Unni Lindell
Siruela
Traducción de Lotte K. Tollefsen
393 páginas
19,95 Euros



CONVERSACIÓN II


Rosa Mora y Lillian Neuman

El último lapón, del escritor francés Olivier Truc, describe un país en el techo de Europa a través de una historia, del pasado al presente y al revés, y de unos personajes muy logrados. 


(R.M.)- Cuando empecé a leerla me dio una pereza tremenda. Se inicia en 1663, en la Laponia central. Un lapón es quemado en la hoguera... ¡Uff! No me gustan las novelas históricas. Estuve a punto de abandonarla en la página 18, pero me la habían recomendado especialmente y decidí seguir adelante. Casi sin darme cuenta me vi atrapada en una historia y un paisaje maravillosos.



(L.N.)- Antes que esta novela, el autor había escrito un reportaje sobre estas patrullas policiales del norte. Aquí hay detallismo y gran respeto por el material que trata. No obstante, también es muy crítico (y feroz cuando retrata las reglas del juego sociales, en un bar, o cuando a la joven policía la ignoran por completo).



(R. M.)- Lo que me gusta de Truc es que evita el didactismo. Esa crítica feroz que comentas la vemos a través de sus personajes, como el pastor de renos Aslak o los policías Klemet y Nina. La mirada de Nina, nacida en el sur de Noruega, podria ser la nuestra: de la sorpresa y la inicial incomprensión a la implicación total.

Laponia, la fascinación de un descubrimiento


(Rosa Mora)
     Laponia, en el techo de Europa, se extiende por regiones de Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia. Tierra despoblada y semidesértica, habitada por los samis (árticos), dedicados en su mayoría a la cría de renos. Pero todo cambiará para ellos, cuando sus vecinos comiencen a interesarse por el comercio de pieles y por sus riquezas naturales; madera, agua, minerales. La colonización y la explotación en toda regla se iniciaron en el siglo XVII. Los escandinavos reclutaban a los samis a la fuerza para transportar minerales hasta los ríos, y los que se negaban eran apaleados y encarcelados. La población quedó diezmada. También fueron perseguidos cruelmente por sus creencias (“supersticiones”, decían los cristianos). Fue algo así como la conquista de América, dice uno de los personajes. Tiene razón.
  Ahora, estamos en el siglo XXI y las cosas han cambiado. O deberían haber cambiado. Noruega, Suecia y Finlandia reconocieron la identidad sami a finales de los ochenta y mediados los años noventa del siglo XX. Pero muchos siguen pensando que los samis son vulgares delincuentes, otros opinan que son comunistas. Les desprecian.
  Tres hechos suceden casi al mismo tiempo, tras la noche polar de 40 días. El robo de un tambor sami tradicional, muy apreciado porque lo utilizaban los chamanes (solo quedan unos 70 en el mundo y ninguno en Laponia, hasta que un anciano erudito francés donó este al museo de Kautkeino), el asesinato aparentemente ritual de Mattis, un pastor de renos, y la inminente conferencia de la ONU sobre poblaciones autóctonas, en la que los partidos políticos aspiran a quedar bien parados.
  La policía de los renos
  La denominada policía de los renos entra en acción. Sus principales tareas son la mediación y prevención de conflictos entre ganaderos. Creada después de la II Guerra Mundial, tiene jurisdicción transnacional, con competencias en las regiones laponas suecas, noruegas y finlandesas. Sus principales representantes son Klemet Nango y  Nina Nansen. Él, un tipo solitario que no tiene suerte con las mujeres, es el único sami en el cuerpo de  policía. Y con gran experiencia: trabajó en Estocolmo con el grupo Palme. Educado por unos padres laestadianos, una secta luterana, tradicionalista, estricta y puritana, en la escuela le pegaban si hablaba sami. Y Nango tiene problemas con sus orígenes, aunque en el jardín de su casa tiene instalada una tienda sami, y siempre se ha sentido fascinado por los cantos yoik de su tío Nils, de quien admira su espíritu de libertad.
  En cuanto a Nina, se crió en el sur de Noruega y procede de la Escuela de Policía de Oslo. Su primer destino es la policía de los renos, donde empezó a patrullar hace tres meses. Aparentemente frívola –todo el día pide a Klemet que le haga fotos-, ve con nuestros ojos el Gran Norte. ¿Cómo se podía vivir así en su propio país? Atropella involuntariamente a un reno y siente una gran desolación. Su innata curiosidad hace que avance la investigación.
 Truc evita todo didactismo, pero entre el presente y el pasado va contándonos la historia de esta tierra desconocida y de sus gentes. La competencia entre la patrulla de los renos y la otra policía; la búsqueda de un tesoro, la maldición de una antigua mina, ¿de oro? ¿o de uranio? El crecimiento de los partidos de extrema derecha. El enfrentamiento entre quienes quieren reducir el caso a un simple ajuste de cuentas entre ganaderos y los que perciben que va mucho más allá y que, como siempre, la codicia humana no tiene límites.
  Explica todo eso a través de personajes muy logrados: El pastor de renos Aslak, que vive aislado en la tundra –no tiene teléfono, ni móvil ni moto de nieve- con sus renos y su esposa que ha perdido la razón, respetado y temido porque es diferente. Olaf Renson, militante puro y duro de la causa lapona desde los años setenta, cuando grandes compañías mineras empezaron a hacer de las suyas; Rolf Brattsen, un policía racista, brutal y corrupto; André Racagnal, un geólogo francés a quien gustan las niñas y cuyo principal objetivo es enriquecerse cueste lo que cueste; Hurri Munker, un sami de ciudad, uno de los primeros que cursó estudios universitarios y que conoce bien la cultura de su tierra; Berit, la mujer que aún suspira por su único amor y que guarda tantos secretos; Nils Ante, otro guardián de la cultura sami, excelente cantor de yoik.
 La climatología es otro factor determinante de El último lapón. La noche polar, apenas unas horas de luz, las tormentas colosales, temperaturas a 40 grados bajo cero, el frío espantoso, el miedo… No se pierdan esta novela, sus 500 páginas se hacen cortas
.
   

Oliver Truc
   Oliver Truc (Dax, Francia, 1964) es corresponsal de Le Monde y del semanario Le Point para los Países Bálticos y vive en Estocolmo desde 1994.  Hay que prestar atención a estos autores franceses o de lengua francesa que rompen fronteras. Es el caso, por ejemplo, del suizo Joël Dicker, autor de la espléndida La verdad sobre el caso Harry Quebert, ambientada en un pueblecito pesquero de New Hampshire (Estados Unidos), o de Zulú, de Carel Férey, situada en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) poco antes de los mundiales de fútbol de 2010.  

Oliver Truc
El último lapón / L’últim lapó
Olivier Truc
Destino / Columna
Traducción de Joan Riambau Möller / Josep M. Pinto
528/ 400 páginas. 18,90 euros

domingo, 17 de noviembre de 2013

CONVERSACIÓN I

 
Rosa Mora y Lilian Neuman


El escritor escocés Craig Russell acaba de publicar El sueño oscuro y profundo, tercera entrega de su serie dedicada al detective privado Lennox, tan diferente de su otra criatura, el comisario Jan Fabel, de Hamburgo.

(L.N)- Creo que Craig Russell en su vertiente de narrador negro americano es muy potente. Pero en su otra faceta, con su elegante y contenido comisario de Hamburgo Jan Fabel, se muestra más inquietante, o imprevisible. ¿Qué hay en una y otra serie?

(R.M)- Me encanta Lennox, quizá porque es un detective clásico, como dices, al estilo duro norteamericano. Es irónico, divertido, a ratos atormentado, bordea la ilegalidad y es un poco machista. Fabel es más intelectual, serio y con poco sentido del humor. La serie de Lennox es más previsible. Los libros de Fabel son más imaginativos y sorprendentes. En muchas de sus novelas aparecen asesinos en serie.



Lennox, uno de los nuestros





(Rosa Mora)
  Lo mejor de las novelas de Lennox, el detective privado creado por Craig Russell, son el propio investigador y el Glasgow de los años cincuenta, que el escritor escocés reconstruye magníficamente. El sueño oscuro y profundo es la tercera de la serie y la progresión, evidente. Cada nuevo título me gusta más que el anterior.
  Lennox es heredero de los detectives clásicos norteamericanos. De padres escoceses acomodados, creció en la costa oeste de Canadá, donde asistió a los mejores colegios. Durante la II Guerra Mundial se alistó en la Primera División Canadiense. Cuando fue desmovilizado sin demasiado honor (vendía medicamentos a la población civil), se instaló en Glasgow (Escocia) y empezó a trabajar como detective privado. Tiene una oficina en Gordon Street pero pasa bastante tiempo en el Horsehead, donde suele encontrarse con el policía Jock Ferguson, compañero de armas que suele pasarle información a cambio de almuerzos y copas. En Lennox, la primera entrega de la serie, el detective tiene 35 años.
  Es cínico, escéptico, duro, simpático, divertido y tiene sus dosis de humanidad. Vive en una casa victoriana, de cuya casera, la viuda Fiona White, anda enamorado. Le gusta vestir con cierta elegancia y lleva sombreros Borsalino. Reconoce que la guerra le ha cambiado. Su temperamento es explosivo y tiene tendencia a expresarse con brutalidad física; una vez se dispara le es difícil controlarse. Su arma preferida es una porra de mango flexible. “Algo había pasado conmigo después de la guerra y seguía sin gustarme en la persona en que me había convertido”, dice.
  Estamos en 1955 y Lennox pasa por una buena etapa. Acaba de resolver tres casos de divorcio y uno de desaparición, se ocupa del transporte semanal de la nómina de unos astilleros, tiene un dinerillo ahorrado y quiere mantener distancias con el triunvirato del de crimen, los Tres Reyes: Johnny Cohen, el Guapo; Martillo Murphy, el más voluble, violento y vengativo; y  Sneddon, el que más ha progresado y que ahora reinvierte la mayor parte de sus ganancias ilícitas en negocios legales y paga sus impuestos con puntualidad. En 1948, se repartieron Glasgow y Lennox había aceptado algunos de sus encargos.
   Los supuestos restos de Joseph Gentleman Strachan, un ladrón muy fino e inteligente que dio audaces y suculentos golpes en la década de los treinta, son hallados en las profundidades del río Clyde, lo que desata todo tipo de especulaciones y se sospecha una vez más de los Tres Reyes. Las hijas gemelas de Strachan, Isa y Violet, encargan al detective que averigüe quién les envía cada año 1.000 libras; creen que es su padre o alguno de sus amigos. Casi al mismo tiempo, Lennox debe resolver un caso de chantaje: un popular actor norteamericano, John Macready, ha sido fotografiado en actitudes sodomitas con nada menos que el hijo y heredero del muy importante duque de Strahlorne, rico propietario de media Escocia.
   Lennox recibe tantos mamporros como da y las muertes violentas se suceden. Le ofrecen tanto dinero por estos dos casos que no se lo cree, como siempre bordea la legalidad y como siempre le amenazan con retirarle la licencia. ¿Por qué hay tanto interés en que no descubra la verdad de Gentleman Strachan?
  El investigador se mueve en el Glasgow del carbón y la humedad, donde la niebla se mezcla con el humo tóxico de las fábricas. Una ciudad cuyos principales pasatiempos son el fútbol y el alcohol, de una riqueza vulgar y ostentosa, como si tratara de hacer oír acallando la ensordecedora pobreza. Lennox afirma que no es izquierdista pero le enfurece la injusticia y la pobreza.
   Lennox es muy diferente de Jan Fabel el comisario de policía de Hamburgo (Alemania), también creado por Russell. Este es serio, concienzudo y sin sentido del humor. Lleva 20 años en la policía y tiene pesadillas con los casos que no logra resolver. De Fabel, Roca Editorial ha publicado cinco novelas (Muerte en Hamburgo, Cuento de muerte, Resurrección, El señor del carnaval y La venganza de la valquiria). De Lennox, tres (Lennox, El beso de Glasgow y El sueño oscuro y profundo).
   Craig Russell (Fife, Escocia, 1956) es un europeísta convencido. Documenta muy bien sus novelas, sus tramas son excelentes y mantiene el suspense hasta el último minuto. En El sueño oscuro y profundo, el final es sorprendente y revela la compleja personalidad de Lennox. Con muy buen ritmo y diálogos ágiles, esta, como todas las novelas del escritor escocés, es muy recomendable.

El sueño oscuro y profundo
Craig Russell
Traducción de Santiago del Rey
Roca Editorial, 2013
350 páginas 12,95 Euros
 
 



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Dos damas británicas conversan (y se añade una mediterránea)

P.D. James
La construcción de una historia policíaca puede basarse en una fórmula; la redacción no tiene por qué.
 P.D. James

(Lilian Neuman)


Phyllis Dorothy James (Oxford, 1920) publicó su primera novela, Cubridle el rostro, en 1962. Cuando releyó el libro, por los años noventa, le pareció muy convencional. Esto lo escribe en una página del diario que llevó durante todo el año 1997. Allí, en La hora de la verdad (Bruguera), reflexiona sobre diversos temas, también sobre el género que escogió sin saber que sería, al fin, su instrumento para crecer y multiplicarse: “La construcción de una historia policíaca puede basarse en una fórmula; la redacción no tiene por qué”. Ahí está su obra para demostrarlo, la afamada serie del inspector Adam Dalgliesh, y también los libros de la investigadora privada Cordelia Gray (y otros fuera del género).
    Atención con P.D. James, la dama que asiste a misa, educada al punto de verse incapaz de ignorar una sola de las numerosas cartas de sus lectores (a sus ochenta años era así, ahora tiene noventa y tres y a saber si físicamente sigue siendo capaz). Y deténgase el lector en su fisonomía, que hay algo tan educado y algo tan maligno, por lo que se la quiere y se le teme. Sobre James –su escritura y su especial actitud- hay un perspicaz texto de Alicia Giménez Bartlett que recomiendo leer; http://negraycriminal.blogcindario.com/2008/02/01043-intervencion-de-alicia-gimenez-bartlett-en-el-homenaje-a-p-d-james-premio-carvalho-2008.html (Pensándolo mejor, Bartlett puede ser una dama inglesa; se mueve con gran plasticidad entre la elegancia distante y la explosión mediterránea. Además, estudió la obra de Virginia Woolf, de allí también su novela Una habitación ajena).
 Dos damas
  La señora James admira la obra de Jane Austen (1775-1817). De Emma afirma que es una cumbre de la narrativa británica. Y se atreve a regresar a Pemberley, la mansión de aquel joven huérfano, poderoso, influyente y antipático que desdeñaba a la joven Elizabeth; los dos protagonistas de aquel microcosmos rural de la Inglaterra de la Regencia llamado Orgullo y prejuicio. Regresa para reforzar y continuar aquel universo de niñas casaderas y oficiales disponibles. Y la licencia más grande que se permite es añadir, a todas aquellas almas intrigantes, una intriga criminal.
  Qué fue de ellos, una vez que, en el final de aquella historia, Darcy y Elizabeth serán marido y mujer. Según esta versión, años de calma, dos hermosos niños y la hermana encantadora de Elizabeth –Jane- que está allí para ayudarla en el gran baile. En la víspera, dos sombríos e importantes personajes regresan del pasado: la hermana más díscola, frívola y maleducada de Elizabeth (la madre de estas chicas es horrenda, Austen la trataba con elegante saña), y el marido de ésta, aquel atractivo joven que en verdad era un codicioso lleno de mentiras. Y, con ellos dos, llega el crimen a los fértiles territorios del matrimonio Darcy.
Atmósfera, amor y terror
  James lo hace muy bien, en este homenaje al genio de su admirada Austen: describe ese permanente bullir de las conciencias de unas personas que albergan excelsos y horrendos pensamientos. Que piensan en el amor y en la dote, en la amistad y en la conveniencia, en lo importante de ser sincero para luego mentir y criticar.
 No pierde el equilibrio, pero es que esto jamás le ha pasado a la gran dama del crimen. 


La muerte llega a Pemberley
 P.D. James
Bruguera
Traducción de Juano Estrella
331 páginas
19 Euros