lunes, 29 de mayo de 2017

Rosa Mora y Lilian Neuman Ruta literaria por Ciutat Vella. Biblioteca Francesca Bonnemaison



 
 El sábado 10 de junio a las 12 de la mañana emprendemos, desde la biblioteca Francesca Bonnemaison, una ruta muy especial. Nuestros guías serán Anna Silber, Petra Delicado, Méndez y otros personajes y escritores del género negro. Un recorrido que pone el acento en el papel de la mujer en el género y descubre rincones y calles de la ciudad. 

A continuación verán el enlace y los libros y autores que guían nuestro recorrido. 


¡Los esperamos!
Foto: LOURDES DELGADO



 http://ajuntament.barcelona.cat/biblioteques/bibfbonnemaison/es/detall/l-aventura-de-coneixer-itinerarios-por-barcelona-victimes-pero-tambe-executores-investigadores-rebels-i-justicieres-i-dolentes_99400505332.html




AUTORES

Andreu Martín, Stefanie Krempser, Alicia Giménez Bartlett, Francisco González Ledesma, Victoria González Torralba, Henning Mankell, Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Teresa Solana, Xavier Theros, Empar Fernández, Elsa Plaza y Marc Pastor. 

De Andreu Martín, hemos elegido La violencia justa, sobre el maltrato a las mujeres, alguna mala praxis policial y los límites entre la ley y la justicia. 

Con El silencio de los claustros, de Alicia Giménez Bartlett, inspirada en la Setmana Trágica, iremos a algún convento de la mano de la inspectora Petra Delicado en pos del asesino de un fraile. 

Peores maneras de morir es la última novela de Francisco González Ledesma. Su inspector Méndez luchará en el Raval por desarticular una banda internacional de trata de blancas. Con Llámame MéndezVictoria Gonzalez, la hija de Paco, nos desvela los orígenes del inspector, su adolescencia, cuando se ve obligado a investigar quién ha asesinado a su enamorada.

Con Anna Silber, la periodista de Stefanie Kremser de  Carrer dels oblidats, veremos el cambio de una Barcelona que se extingue en las llamas de la especulación. Rosa Ribas y Sabine Hofmann crearon a Ana Martí periodista que se abre paso en un mundo masculino, en la Barcelona de los 50. Azul marino cierra su trilogía.

La subinspectora de los Mossos d’Esquadra Norma Forester se juega su continuidad en el cargo al investigar un caso relacionado con la Guerra Civil. Aunque se haya hecho todo lo posible para que la memoria se borre, hay quien no olvida ni perdona. Lo vemos en Negres Tempestes, de Teresa Solana.

Xavier Theros nos lleva a la Barcelona de 1843 en La Fada Negra, premi Josep Pla 2017. En la ciudad que se ahoga entre las murallas medievales, durante la Revolta de la Jamància, el capitán Llàtzer Llampades lleva su propia guerra para detener a una jovencísima asesina de niños.

Una mujer aparece muerta, asesinada, entre las patas del gato de Botero, en la Rambla del Raval. En Mala sangre, de Empar Fernández y Pablo Bonell Goytisolo, el inspector Santiago Escalona tiene que enfrentarse a un asesino de crueldad extrema, cuando se inicia en Barcelona el despliegue de los Mossos.

En El cerebro de Kennedyde Henning Mankell, la arqueóloga Louise Cantor y su ex marido Aron viajan a Barcelona desesperados. Su hijo apareció muerto en su apartamento de Estocolmo. No creen que se suicidara y rebuscando entre sus papeles descubren que tenía un piso en el centro de la ciudad. La búsqueda de la verdad llevará a Louise a un viaje frenético en el que se enfrentará con gente peligrosa que experimenta con seres humanos vivos para descubrir nuevos medicamentos.

Desde dos perspectivas muy diferentes, Marc Pastor y Elsa Plaza recrean los tiempos y la vida de un personaje (real) tristemente célebre: la secuestradora de niños Enriqueta Martí (1871-1913). En La mala dona, Pastor se adentra en la leyenda, la de una mujer que pasó a la historia como alcachueta y secuestradora de niños a los que mataba para sus tenebrosas prácticas. En El cielo bajo los pies, Plaza investiga en qué clase de telaraña -con gente de alta sociedad involucrada- queda atrapada la misma Enriqueta -que vivió en la calle Ponent, actual Joaquin Costa-, convertida en chivo expiatorio de la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX.




viernes, 28 de abril de 2017

Un buen homenaje a González Ledesma

Victoria González Torralba
 (Rosa Mora)
 No tengo opinión segura de las llamadas franquicias literarias. Sé que el Poirot resucitado por Sophie Hannah no me gustó; sé que Benjamin Black imitando a Raymond Chandler me gustó mucho más que sus propias historias del doctor Quirke; sé que la continuación de la saga Millenium de Stieg Larsson, a cargo de David Lagercrantz, me dejó un sabor agridulce; sé que siento un enorme interés por el Carvalho de Carlos Zanón y sé que me ha gustado Llámame Méndez, de Victoria González Torralba, la precuela de las 10 novelas que su padre, Francisco González Ledesma (1927-2015), escribió sobre su inspector de policía.
  Victoria González (Barcelona, 1966) ya hizo un notable trabajo en la última novela del escritor, Peores maneras de morir (2013). Ledesma la tenía casi lista cuando sufrió un ictus que le tuvo cuatro meses en el hospital. Fue él quien se empeñó en acabarla y fue ella quien le ayudó a ponerle el punto final.
  Llámame Méndez es una novela iniciática, de suspense y sobre Barcelona. Sitúa a un Ricardo Méndez de 17 años en el verano de 1945 en la ciudad derrotada, huérfano de padre (desapareció Durante la Guerra Civil) y de madre (murió en un bombardeo). En esos días bochornosos, su vida cambia radicalmente. El asesinato de una chica de quien está enamorado le muestra poco a poco una realidad desconocida, todo su mundo cambia y ni siquiera sus amigos parecen ser los mismos de antes. El chaval insolente y despreocupado se hace mayor.
  Uno de los aciertos de González Torralba es el contrapunto que crea entre dos hombres que son un referente para el muchacho. Raimundo, un ex maestro republicano, hombre de gran valor y fiel a sus principios, combatiente clandestino, con quien vive desde que sus padres murieron. Y el comisario Castañeda, un joseantoniano desencantado, ex combatiente de la División Azul, levemente crítico con Franco.
  De Raimundo aprende la antigua ética de la izquierda, el amor por libros. De Castañeda, los secretos de una investigación policial, a fumar y a beber. Méndez se debate entre ambos. Quiere y respeta a su tutor y siente que está traicionándole, pero el policía le fascina.
  Otro hallazgo es enmarcar la historia en el verano de 1945, muy poco después de la rendición de Alemania y del fin de la II Guerra Mundial, cuando aún se soñaba que los aliados rescatarían a España de la dictadura. Ese anhelo es palpable en el entorno de Raimundo y en los activistas que se mueven por  entre los puesto de libros del Mercat de Sant Antoni.
  González Torralba ha conseguido un Ledesma puro, o casi, en la línea de sus novelas y sobre todo de su libro autobiográfico, Historias de mis calles (2006).  Además, Llámame Méndez está muy documentada, empapada de la época. Como solía hacer el escritor, también introduce muchos temas e historias. La repercusión de la Exposición de 1929, la República, la Guerra Civil, la posguerra, el hambre (cuando se hacían tortillas sin huevos), la prostitución, la pornografía, el estraperlo… hasta la huelga de la Canadiense de 1919, un hito en la lucha obrera. Y, claro, las calles de Barcelona, desde la montaña de Montjuïc al Paralelo, el Barrio Chino o el Poble Sec, esas calles “de tanta actividad y poca moralidad” por las que le gusta vagabundear a Méndez.
  Sigue también las pautas de su padre en otros aspectos, como en el carácter del chico: a los 17 años el futuro policía ya está convencido de que una cosa es la justicia y otra la ley, y muestra tan poco respeto por las normas policiales como cuando es mayor. En lo que no le sigue es el en lenguaje sexista con el que a menudo nos torturaba el escritor.
  La novela está llena de guiños, regalos, para los lectores de González Ledesma. Un ejemplo: a Méndez le ilusiona conocer a un periodista de El correo catalán, y es precisamente en este rotativo donde Ledesma empezó a trabajar como periodista.
   Otro. En la Biblioteca Central (ahora de Catalunya) se encuentran Ledesma y su personaje. El joven Francisco le cuenta a Méndez que está escribiendo una novela sobre cómo era la ciudad antes de la guerra. Y este le responde que alguna vez habrá que mirar hacia adelante, que todo eso sólo son “sombras viejas”. Sombras viejas es título de la primera novela que escribió González Ledesma. Con ella ganó en 1948 el Premio Internacional de Novela. Fue prohibida por la censura y no pudo publicarse en España hasta 1977.
  El joven Méndez se lee con gusto y llena un hueco que dejó  el escritor. Es un estupendo homenaje a Francisco González Ledesma y a sus lectores. Nos deja intuir a una nueva voz narrativa. Todo indica que Victoria González Torralba está lista para escribir sus propias historias (y no digo que esta no lo sea). 

Llámame Méndez
Victoria González Torralba
Planeta
320 páginas. 19.50 euros

martes, 7 de marzo de 2017

Claroscuro

(Lilian Neuman)
  Es novela policial de corte clásico. Sin embargo, reseñar esta entrega de la serie del inspector jefe de la Sûreté de Quebec, Armand Gamache, requiere dejar de lado cualquier especialización. 
  Arte, ética, sensibilidad, fatalidad histórica, sinceridad, capacidad de superación y cambio... Estas novelas exploran distintos asuntos que importan, y que son observados con lente extraordinaria, una mirada grande en un pequeño pueblo de los Cantones del Este que no figura en el mapa de Canadá.
Louise Penny
    
  Louise Penny (Toronto, 1958) se inició como periodista, profesión que abandonó para dedicarse por completo a sus novelas. En España se tradujo la primera de la serie -Naturaleza muerta (Factoría de Ideas, 2009), y desde 2015 Salamandra publica las novelas de Penny (premiadas una y otra vez), empezando por la que en verdad es la quinta entrega, Una revelación brutal. Le siguen Enterrad a los muertos y El juego de la luz. Y sepa el lector (qué alegría) que hay cinco novelas posteriores por traducir (puestos a pedir, también se podrían traducir las anteriores). Penny escribe en inglés y en Enterrad a los muertos describía las relaciones entre la comunidad anglófona y francófona de Quebec.
  Three Pines no existe como tal, pero Louise Penny vive en esa zona de Canadá, cerca de Vermont, y de sus pequeñas poblaciones, de sus vecinos y del carácter de las personas ha llegado a una quintaesencia extraordinaria. De este pueblo, (pese a que siempre tiene que aparecer un cadáver y el ambiente se corta con tijera), se añora al dar vuelta la página el color del amanecer, las primeras voces en el bistrot de Olivier y Gabri, el aroma del croissant recién horneado, las vistas desde el hotel en lo alto, las conversaciones en la librería de la estupenda Myrna, los pasos en el bosque helado y las pullas verbales entre la mejor poeta de todos los tiempos que solía pasearse por allí con su mascota; una pata que ahora ha emigrado y ella espera cada día, con la mirada en el horizonte, convencida de que va a volver.

   En este paisaje de pequeñas grandes vidas cotidianas, en donde se invitan a comer en casa o se encuentran en el bistrot, se cruzan delirios verbales, pullas y comentarios de un humor entre bestia y refinado. Y mientras se expande el enigma (como una mancha lenta y viscosa) que Gamache tiene que resolver.
   Culto, educado, cercano, aunque vive con su esposa en Montreal adora ese pueblo, donde ha persistido y donde ha cometido errores (uno de ellos, el que hace Olivier del bistrot no soporte mirarlo a la cara). Gamache ha tenido que recuperarse de un duro golpe en un operativo que casi le cuesta la vida, también a su mano derecha Jean Guy Beavoir, y en el que murieron varios de sus agentes.
   De eso ninguno de los dos ha salido indemne. La verdad, esta novela va en busca de los grandes golpes, esos ataques al alma que dejan a la gente maltrecha, y por años, o por toda la vida. Y la novela expone, a través de dsitintas biografías -galeristas, pintores, ex pintores, ex críticos, miembros de Alcohólicos Anónimos, ambiciosos y envidiosos, depredadores, honestos o rehabilitados- cómo es posible -o no- salir adelante por encima de la vejación, el dolor y la humillación.
   Lo he dicho antes: esto es una novela de intriga: Clara, excelente pintora, ha conseguido llegar a la más importante galería de arte contemporáneo. Y esa misma noche, cuando todos -galeristas, pintores, marchantes, vecinos, locos, críticos de arte- están festejando en su casa, luego del prometedor vernissage, alguien será asesinado en su jardín. Pero antes de que el cadáver sea encontrado, antes de que se ponga en marcha la obsesiva investigación liderada por Gamache (y que lo llevará a su brillante desarrollo con final a lo Poirot), conviene decir que aquí hay sucesión grandes momentos, con crimen y sin él.
  Uno de ellos, cuando Gamache se detiene en los ojos de un retrato pintado por Clara, en una mirada que puede ser luz, y que puede cambiar nuestra forma de ver el arte y la vida. O puede ser lo que quizás sea todo en estas vidas, en nuestras vidas: un falso destello, una burla en la oscuridad.

El juego de la luz
Louise Penny
Salamandra
Traducción de Maia Figueroa
446 páginas
19,00 Euros



jueves, 19 de enero de 2017

Todo lo bueno de la vida es ilegal, amoral o engorda

(Rosa Mora)
  Me dicen libreros amigos que Ingrid Noll no vende mucho, por eso es una bendición que la editorial Circe la siga publicando con regularidad desde 1996. A principios de los noventa, Seix Barral publicó un par de novelas suyas, pero lo dejó correr.
  Ingrid Noll nació en Shanghái, en 1935, hija de un médico. A finales de los años cuarenta, la familia regresó a Alemania, su país. Estudió Filología Germánica e Historia del Arte. A los 55 años empezó a escribir novelas negras. Ha publicado una veintena larga en su país, de las que 14 han sido traducidas al castellano.
Ingrid Noll.
  Es una escritora insólita en el panorama actual. Es irreverente, pone en tela de juicio todas las normas de la sociedad, en especial de eso que llaman “políticamente correcto”. Le importan un bledo las convenciones del género negro. Apenas aparecen policías en sus novelas, crea siempre situaciones domésticas en las que puede producirse cualquier tipo de crimen, sin culpables. 
   Sus personajes son maravillosamente amorales, la gastronomía es otro de sus ingrediente y presta especial atención a las personas mayores, en general, mujeres que disfrutan de la vida aunque para ello tengan que matar a alguien. El retrato psicológico de sus mujeres malas es estupendo (lean, por favor, Benditas viudas). El humor y la ironía son sus armas favoritas. Sus libros no pasan nunca de las 300 páginas.
   “Todo lo bueno de la vida es ilegal, inmoral o engorda”, dice uno de los personajes de A la mesa, y esta es la divisa de la novela y de casi toda la obra de Noll.
  En esta ocasión, la historia está contada por una mujer joven, Nelly, madre de dos hijos a los que quiere muchísimo, sin marido, preocupada porque cree haber decepcionado a su madre (que, a fin de cuentas, es quien la ayuda a llegar a fin de mes). Además, Nelly siempre se enamora del hombre equivocado, pero es que ella busca el amor y el sexo con entusiasmo y sin contemplaciones.
   De las últimas novelas de Noll, A la mesa es la que tiene un humor más salvaje. Es como una comedia de enredo: Nelly monta un restaurante clandestino (ilegal) para comensales fijos. Por allí desfilan personajes singulares, como el viejo capitán, la bulímica Gretel, la sabia Regine o el atractivo Markus, que tiene el síndrome del buen samaritano, o la poderosa madre de Nelly. Y pasa de todo: experimentación en la cocina, celos, envidia, cotilleos, enamoramientos, acoso y derribo en el sexo, relaciones gastrosexuales en la tercera edad o un par de asesinatos. Y eso sólo el principio.
  No se la pierdan. Es muy buena.

Ingrid Noll
A la mesa
Circe
Traducción de Lidia Álvarez Grifoll
224 páginas. 17 Euros




miércoles, 28 de diciembre de 2016

Nuestro pueblo

(Lilian Neuman)
   Esta narración avanza segura por los sórdidos, eternos y difíciles orígenes. Una historia de formación y destrucción situada en un pueblo costero mediterráneo sin nombre pero que se va definendo en sus líneas maestras y sus trazos menores. Y nos define hoy.

   De las muchas razones para recomendar la novela hay una primera, la mirada del narrador que ni omite ni perdona, ni se perdona. Y con esos ojos lleva a cabo un recorrido sentimental y social a esa primera juventud en donde los primeros amores -y el despertar sexual- se disparan en una época próspera, defectuosa, alevosa y distinta. En la página 13 el autor lo explica muy bien: “los dueños de los hoteles, de los restaurantes, de las barcas y de las botigas eran hijos de pescadores, y nada más. Antes eso era todo, y eso eran ellos. Y el turismo les llenó los bolsillos y los convirtió en lamedores de culos (…) Y se volvieron más opresores y rácanos que quienes durantes generaciones habían explotado a sus familias”.
  En este marco social -avanzados los años ochenta- abren los ojos unos chicos que, por ejemplo, contemplan boquiabiertos a la muchacha más hermosa del pueblo que tiene la mala idea de estar casada con el comandante en jefe de la Guardia Civil. Y la otra mala idea (la de ella, a solas) es soñar con el tipo más elegante (y arrogante) del lugar. Y que hará daño, un gran daño.
   Es verano, o son una sucesión de veranos, y allí están las hijas de los prósperos comerciantes maquilladas y luciendo el moreno en el paseo de la playa. Y los nuevos señores, y los listos, y los señoritos de Reus. Y también los traficantes, los intermediarios. Está el centro social pero, a pocos pasos, la periferia. “La periferia de la periferia (…) un semillero de paro y brumas grises”. De allí saldrán jóvenes directos a la perdición. Iris se prostituirá y morirá asesinada, por ejemplo.
   Pero nada viene de nada: en la generación anterior, en los setenta, a la madre del Bocachancla se la habrá tragado una vorágine de fiesta y heroína, pero antes habrá dejado a ese hijo, que criarán sus abuelos lo más buenamente posible. Pero el Bocachancla -le bautizan así por la boca torcida- le tentarán los colombianos, el tráfico menor y no tanto. Al fin nadie o casi nadie asistirá a su entierro. La muerte del Bocachancla y otro misterios es lo que se investiga en este libro.
Jordi Ledesma. Foto ANA PORTNOY
   Para hacer justicia (en ese mundo en que justamente no la hay) Jordi Ledesma (Tarragona, 1979), autor de Narcolepsia (Alrevés, 2012) y El diablo en cada esquina (Alrevés, 2015),
lleva a cabo una investigación mucho más ardua, exhaustiva e incómoda. Cabe preguntarse si es posible sobrevivir a una oleada de miseria moral. Si se puede elevar la cabeza por encima del nivel del mar, si tenemos, pues, ayer, hoy, mañana, en este pueblo grande en el que vivimos y leemos los diarios, alguna clase de salvación. 

Lo que nos queda de la muerte
Jordi Ledesma
Alrevés
188 páginas
16 Euros




lunes, 19 de septiembre de 2016

Sorpresas negras


 (Rosa Mora

   Me gusta que las antologías me descubran una obra o un autor y Barcelona negra y Madrid negro, a cargo de Ernesto Mallo, cumplen con creces. Los 21 autores seleccionados han elegido con absoluta libertad barrios de sus respectivas ciudades.
  Algunos ejemplos. Sólo conocía a Vanessa Montfort como dramaturga y I don’t like Mondays es estupendo, un turbador retrato de una niña de seis años obligada a ser mala. De Lilian Neuman, corresponsable de este blog, sabía de sus reseñas literarias, y de Milo J. Krmpotic, de su trabajo periodístico, pero los desconocía como escritores. Ambos han escritos relatos sobresalientes.
  El Pequeño Saltamontes soñaba de pequeño con extender los brazos y tocar con la punta de los dedos las paredes amuralladas de una estrecha calle de La Ribera, en Barcelona. Es la primera imagen que me quedó grabada de El muerto de madrugada de Neuman, porque define ese barrio a la perfección. Percibes incluso el olor de esa zona. En torno a un bar de toda la vida pululan personajes de la noche que compiten por ver quién tiene más memoria de las décadas pasadas.

Barrio de La Ribera, Barcelona
  Krmpotic ha elegido el barrio de Gràcia como protagonista de Ruido blanco. Con un ritmo endiablado, con repeticiones de párrafos y situaciones in crescendo que alertan de que algo terrible va a suceder, narra una tarde noche madrugada en el que la juerga se mezcla con el vandalismo. Es lo mismo cada fin de semana, pero si te han destrozado la moto y vives una historia de amor desamor y soledad el estallido de violencia, irreparable, está asegurado.
  Sorprendente es también Versiones de Luisito, en el que Andrés Barba reconstruye de una manera muy original un crimen ocurrido hace años en la calle Topete (del madrileño barrio de Tetuán). Un guardia de seguridad en paro,  inmerso en alcohol y drogas, mató a un joven dominicano. Lo cuenta de una manera aparentemente aséptica a través de citas de los periódicos, declaraciones de los vecinos, de abogados, de Rajoy anunciando repetidamente que la crisis ya es historia. Ves la degradación de la zona. Es demoledor.
   Crímenes oscuros, de Juan Aparicio Belmonte, parte también de un hecho real. El Gobierno autonómico madrileño prometió  a los vecinos reconvertir un campo de golf privado en un parque público en Chamberí. Incumplió la promesa. La ficción, con mucha ironía y humor, narra la venganza de los reivindicativos vecinos. Pero quizá el relato que mayor sarcasmo, ironía y humor tiene es el de Marta Sanz (Jaboncillos Dos de Mayo), muy divertido, pese a la dureza de lo que cuenta: un proceso de gentrificación en el barrio de Malasaña, en el que los habitantes de siempre son desplazados y sustituidos por otros de mayor nivel económico. Es genial el retrato que hace de los hípsters y la historia de la ingenua e inútil venganza de algunos vecinos. 
Barrio de Malasaña, Madrid


Los barrios de Madrid y Barcelona que aparecen en estos relatos conforman un mosaico de dos ciudades en cambio y ruptura permanente.  La crisis económica, el paro, las bandas, la pequeña delincuencia frente a la gran corrupción, la degradación del barrio, su transformación, la inmigración, el racismo y la xenofobia, la codicia, la venganza o el amor son algunos de los temas abordados.
  El resultado es una visión poliédrica, con diversidad de voces y miradas. Desde el maestro Andreu Martín (El resto de mi vida), uno de los autores que mejor domina la violencia urbana, que traza un vigoroso retrato de pandillas, pasión y muerte en un barrio deprimido a Lorenzo Silva (Carabanchel blues), Rosa Ribas (Pablito) o Carles Quílez (La ley de la calle) que están en la misma línea aunque con historias muy diferentes. Alfonso Mateo-Sagasta opta por la delincuencia más sofisticada en No es fácil ser enano.
  Carlos Zanón (El día que mataron a Leo) y Toni Hill (Especies protegidas) coinciden en enlazar el presente con el pasado y en la sensación de fracaso que tienen sus protagonistas. Hill muestra una Barceloneta invadida por turistas y Zanón, su Guinardó, en un relato que tiene mucho de sus excelentes novelas.
  Si los escritores incluidos en estos libros se sienten libres en todos los aspectos, el relato de Ernesto Mallo, (El paraíso en invierno) es el que más: entre el sueño y la realidad, el amor y el desamor. También, el de Jesús Ferrero (Carlota), entre Argüelles y Berlín, con más sangre. La venganza terrible, que roza la locura, de una madre a quien mataron dos hijos es la protagonista de El Lobo, de Domingo Villar (¡añoramos tanto a Leo Caldas!). Algo hay de eso también en La carne callada, de Patricia Esteban Erlés y su inquietante forense enamorado. Fernando Marías describe en 55 minutos un Madrid apocalíptico y futurista en el que todo está controlado por una especie de gran hermano. 
  Las catalanas Teresa Solana (Tiempo muerto) y Empar Fernández (Rojo infierno) se inclinan por estructuras más clásicas. Solana narra el miedo y las sospechas de una mujer cuando son descubiertos los cadáveres de 12 prostitutas en el barcelonés mercado del Ninot. Fernández une paro, inmigración y desesperación en la estación de Sants y sus inmediaciones.
Mercado del Ninot


  Unos autores han erigido el barrio en protagonista y otros han optado por convertirlo en mero escenario de una acción. Confieso que me han gustado más los primeros sin demérito de los segundos. Berna González Harbour ha elegido una tercera vía: la línea 10 del Metro de Madrid. En Metro de Madrid, Línea 10, encontramos a una madre al borde del ataque de nervios corriendo, en pijama y sudadera, tras sus hijos adolescentes. Tragicómico.
  Ambos libros muestran la enorme variedad de registros del género y en conjunto tienen un excelente nivel literario. Vale la pena leerlos. Igual se llevan una sopresa.
Madrid negro
Ernesto Mallo (Ed)
VV AA
Siruela
196 páginas. 16 euros 
Barcelona negra
Ernesto Mallo (Ed)
VV AA
Siruela
160 páginas. 16 euros

viernes, 22 de julio de 2016

Eterna y oscura infancia


(Lilian Neuman)
Unni Lindell
   Unni Lindell (Oslo, 1957) es una autora de primer orden en Noruega. Puede reír con genuina actitud infantil, pero es una autora de suspense (no del todo conocida aquí) con oscuros y tormentosos personajes. Como creadora, aflora su criatura alerta a la imprevista irrupción de lo oscuro. La literatura (desde muy joven) fue el camino de una niña (que se referirá a su padre como a un buen hombre con problemas psiquiátricos), que tempranamente se vio obligada a estar atenta a esa posible irrupcción. Lindell ríe y en algún rincón se adivina el eco de algo macabro.
   La serie de su inspector de Oslo Cato Isasken se conoció en España a partir de La trampa de miel. Le siguieron El ángel oscuro, Muerte blanca y El beso del diablo. Estas historias reflejan una ciudad hermosa y taciturna -el invierno de luces raras y aquel verano en que un loco solitario asesinó a un montón de personas-; el escenario en donde se libra la tortuosa relación que mantiene Cato con su compañera Marian Dalhe.

   Anterior a Lisbet Salander, esta joven adoptada por unos padres ineptos, superdotada, trasgresora, librepensadora e intuitiva es el motor de todo lo que aquí sucede, más allá del procedimiento racional. Dalhe campea en comisaría con su perra boxer (Birka existe, es laperra de la mejor amiga de Lindell), y ella y su animal representan esa fuerza que arrasa y da nervio a esta radiografía de supervivientes de una antigua institución psiquiátrica.

  Poco antes de ser asesinada, una joven periodista se había citado en el Café del Teatro con la hija del psiquiatra de aquel lugar. Tenía en sus manos una importante revelación sobre la muerte de una niña, en aquellos años en que los hijos de los pacientes tenían una suerte de guardería; visitaban a sus padres y jugaban entre ellos, unidos en una forma de hermandad que se pronuncia décadas después.
Café del Teatro, Oslo.

   En el despacho de Lindell abundan las obras de psicología. Y en este último libro entra de lleno en los recovecos de esa institución. En sus antiguos y no tan antiguos métodos. De todo aquello brota el enigma, y el móvil del asesino.

   Cato y Marian serpentean entre medio de esos supervivientes, y así Unni Lidndell afronta un problema sumamente interesante: la frontera moral, o cuándo la locura es atenuante, y hasta qué punto una sociedad (la socialdemocracia en concreto) puede aceptar o tratar con indulgencia lo imperdonable. Y puede permitir -como ha sucedido en su país, Noruega- que cierta clase de enfermos mentales anduviesen sin control por la ciudad (enfermos, entiéndase, peligrosos). La novela es pródiga en reflexiones. Y hay un vibrante crescendo que conduce al lado inaudito de las personas y las cosas. Sólo Lindell se atreve de este modo. Es extraña y encantadora, es cruel e inteligente, se define a sí misma como una mujer que tendría que haber nacido en el Mediterráneo, y por esa extrañeza ante sus compatriotas nórdicos consigue esa mirada que le permite analizar, ser fría, pero salvaje a la vez. O es más simple y ella lo dice así: “Tal vez la infancia era una enfermedad de la que uno no se curaba nunca”